Por primera vez en tres visitas, Dylan salió de gira por el país. Sus tres paradas: Córdoba, el 13; Buenos Aires, el 15, y cierre en Rosario el 17. La etapa latina del Never Ending Tour ya pasó por México, Brasil y Chile, y llega a su fin con una presentación en el Hotel Conrad de Punta del Este.
Diez años después de aquel memorable show en River como telonero e invitado especial de los Rolling Stones (¡hasta tocaron juntitos Like a Rolling Stone!), Bob Dylan volvió a pisar suelo argentino. Y, como la tercera es la vencida, esta vez salió a pasear por el interior del país. El Chateau Carreras cordobés y el Hipódromo rosarino sumaron sus escenarios al de Vélez, sede porteña para las presentaciones de Dylan, que en 1991 ya había brindado tres conciertos en Obras.
Este Never Ending Tour (inglés para “gira interminable”) que lo trajo al país encuentra a un Dylan que basa su repertorio en su último álbum, Modern Times, de 2006. Por supuesto, Dylan también le hace un lugar a sus gloriosos clásicos, muchos de ellos en versiones nuevas, como Highway 61 Revisited, Just Like a Woman, My Back Pages, Lay Lady Lay, Like a Rolling Stone y la infaltable Blowin’ in the Wind.
¿Infaltable? Lo único que jamás escasea cada vez que Robart Allen Zimmerman desempolva su pasaporte y sale de gira son las anécdotas. Blowin’ in the Wind sí estuvo ausente en el show que Dylan dio en San Pablo y, en su reemplazo, cerró con otra inoxidable, All Along de Watchover.
Pero, para compensar, Dylan hizo caso omiso a su famosa parquedad y bromeó con el público. No es un chiste, el gran poeta del folk se sorprendió cuando una garota subió al escenario, lo besó, abrazó y hasta quiso llevarse como souvenir el sombrero negro de Dylan. Él se acercó al micrófono y dijo: “Me gustaría agradecer a la chica por unirse a nosotros en el escenario. ¿Adónde fue? Le quiero regalar mi sombrero. No dejen que se vaya”.
La semana anterior, cuando empezó el tramo latino del tour en México, Dylan sólo había hablado para despedirse con un escueto “gracias, México” y para presentar a su banda. Ojo, eso es bastante charla para Dylan, sobre todo si se tiene en cuenta que en el escenario a su guitarra eléctrica, teclados y armónica se le suman otras dos guitarras, bajo, contrabajo, batería, violines, guitarra hawaiana y pedal divididos en diez manos.
En Chile, Dylan se dejó ver poco y nada. Apenas salió a caminar una hora por las calles de Santiago, escoltado por una celosa custodia. Los datos curiosos de su por la ciudad fueron sus dos exigencias: el pedido de una ducha de agua caliente en los camarines y un cambio de habitación en su hotel. Créase o no, Dylan rechazó la suite presidencial del Sheraton, se dice que por el fastidio que le producen los pisos oscuros, y se mudó a una habitación mucho más económica.
Hasta el momento en Argentina, las únicas exigencias de Dylan para los conciertos se limitan al ámbito fotográfico. Primero pidió que se impida que el público ingrese con cualquier tipo de cámaras fotográficas, que deberán abandonarse (no recomendable) en la puerta del estadio en cuestión. Parece que el sexagenario no se lleva tan bien con los fotologs.
La prensa no la tiene mucho más fácil. No se acreditó a agencias internacionales, no se permite el trabajo de fotógrafos y las únicas fotos publicables son aquellas que Dylan aprueba y se reparten una vez terminado el show. Caprichos, sí, pero en el fondo no son más que un par de demandas para hacer feliz a una persona que, después de tantos años de regalarle alegrías a su público, merece darse un gusto por más ridículo que sea.
Tags: bob dylan argentina